Declaración del Flamenco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO

La Unesco declara el Flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en Nairobi 16.11.10
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sábado, 3 de septiembre de 2011

ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN DEL FLAMENCÓLOGO PACO PAREDES: ANTONIO AYALA MATEO "EL RAMPA" 2º PARTE

ANTONIO AYALA "EL RAMPA" 2º PARTE

Por esos años Guerrita ya triunfa en Madrid y es un fiel reclamo de los mejores espectáculos Vedrines. Fanegas se afianza como cantaor indiscutible en Cataluña, convirtiéndose durante años en el cantaor preferido por el público que, día a día, se agolpaba para escuchar buen flamenco en el Teatro Circo barcelonés.
  
Mientras, en la tierra, el Rampa, junto con el Mendo, se convierten en los cantaores punteros que vierten su arte entre los contornos del terruño. Su cante es el impulso necesario para complementar verdaderos espectáculos de lujo, alternando con las más grandes figuras del género.
 
En marzo del 27, el Rampa es contratado para completar un cartel junto a la más genial de las cantaoras de todos los tiempos Pastora Pavón “La Niña de los Peines”, que vendría acompañada por el también cantaor José Muñoz Martín “Pena Hijo”, triunfando en el Circo Teatro unionense y en el Teatro Circo de Cartagena.
 
Los cantaores regionales se suceden en los concursos del verano de ese año: Antonio Jiménez “Niño de San Antón”; el Niño de La Unión; El Cartagenerito; El Niño de Cartagena; el Cano, José Medina…. También el joven Eleuterio Andreu que, poco más tarde, giraría en compañía con el Niño del Genil.
 
El genial Angelillo es contratado durante algún tiempo para cantar en el Gran Kurssal español. Situado en el número 21 de la calle Aurora haciendo esquina con la calle Torres número 3, y conocido popularmente como La “Puñalá” en honor a una de pelea acaecida en su puerta años atrás. “La Puñalá”, se convertiría en el café más célebre del barrio del Molinete y en el cual se podía disfrutar del mejor flamenco con los cantaores de la tierra, siendo además el lugar de reunión de todos los grandes cantaores foráneos que paraban por la comarca. Durante su estancia en la ciudad, Angelillo comparte actuaciones junto al Rampa y el Mendo en los locales más flamencos de la zona.
 
De nuevo el Circo Teatro de La Unión acoge buen cante el 8 de septiembre del 27. La prensa del momento destaca el gusto y la modulación del cantaor de Vallecas. Al parecer el Rampa no tuvo su noche más acertada, aunque según la crónica, la actuación también gustó al respetable. Continúa la crítica con el Mendo. El periodista considera su estilo como el más típico y natural de la tierra. El guitarrista Pepe Grau “Rojo el Alpargatero”, extraordinario como siempre. 


El 17 de noviembre del 27 de nuevo lo localizamos junto a un joven Juan Varea, apenas un principiante por esos años en el Circo Teatro de La Unión. El elenco lo encabezan Angelillo y el mago de la guitarra, Miguel Borrull. Completan el espectáculo su hermana, la bailaora Conchita Borrull, el bailaor Manolo de la Rosa, el Rampa y nuestro paisano, José Grau.
 
Un día más tarde, es presentado en el Teatro Circo de Cartagena. Al elenco se unen para la ocasión el cantaor de Santa Lucía, Juan el Andaluz, Pedro Garrido “El Niño de Levante”, quien años más tarde formara parte como cantaor de la compañía de la genial Carmen Amaya. De nuevo, la guitarra para los artistas de la zona sería la de Pepe Grau.
 
ANGELILLO

El éxito de Angelillo es arrollador; el Rampa también sale bien parado por la crítica en la que se destaca al jovencísimo Varea, a quien el público rindió importantes aplausos, augurándole un gran porvenir. Conchita Borrull triunfó con voluntad imponiéndose al dolor que sufre de su pie izquierdo a consecuencia de un reciente accidente. Manolo de la Rosa destacó pos su baile por farrucas, mientras que Miguel Borrull hizo algunos toques en solitario para después acompañar a Angelillo que obtuvo un éxito sobresaliente.
 
Éxito, éxito… Angelillo, el de la voz de Oro, recibe críticas excepcionales a su paso por los teatros de la Región y, junto a su compañía, debuta en el Teatro Guerra de Lorca. Angelillo, el de la voz de oro, revoluciona al público por su gusto y sentimiento interpretativo.
 
Y seguimos con las crónicas de excepción de la época. El Rampa y Juan Varea estuvieron muy bien y fueron constantemente ovacionados. También Paquita Mateos “La Gonzalito”, la peque lorquina, tuvo un éxito clamoroso.
 
Por esos años, el Rampa goza de un éxito imparable. Su amistad con Angelillo hace que éste apadrine a una de sus hijas. Como anécdota nos relatan sus familiares que, cuando Antonia, la hija mayor del Rampa comenzaba a andar, Angelillo le enseñaba monedas y las tiraba por el suelo para que la niña motivada diera sus primeros pasos.
 
Comparte cartel con el genial Manuel Vallejo en varias ocasiones e ilustra importantes macro espectáculos de la ópera flamenca en el desaparecido coso taurino cartagenero junto a Varea, el Cojo de Málaga, El Pinto, La Niña de Los Peines, El Niño de Orihuela, el Niño de Utrera y Manuel Pavón. Con este último, se correría alguna que otra juerga de importancia en el desaparecido, flamenco y pendenciero barrio del Molinete.
 
Antonio “El Rampa” era un cantaor querido y respetado por sus compañeros de profesión. Guerrita que, ya por esos años se había convertido en una primera figura nacional, le consigue un contrato para debutar en el Circo barcelonés, aunque el Rampa donde de verdad se encontraba a gusto era en su tierra acompañado de los suyos y lo que, primero se había convertido en un gran contrato, duraría solamente una semana, volviendo de nuevo a Cartagena para seguir con su cotidianidad.
 

Y, de nuevo, en la ciudad portuaria, ameniza de buen arte las fiestas de los personajes más influyentes de la zona, especialmente las organizadas por el Almirante Bastarreche, que sentía una enorme admiración por el Rampa, siendo éste su cantaor preferido para sus reuniones.
 
Los teatros, cines y cafés de la zona programan todo tipo de espectáculos en los que el Rampa era un fijo en gran parte de ellos. Se incorporan a los elencos cantaores como Roque Carrasco “Roque el de Las Máquinas”; José Lucas; Tomás Cuenca; Ginés García; Juan el Andaluz; Jaime Tartabull; La Levantina; el Niño de Cartagena; El Niño de La Unión, etc.
 
Entre los años 1929 y 1930, el dueño del Café del Tranvía recupera los espectáculos de cante jondo que años antes tanta gloria dieran al local y a la historia del cante de la Región. 


El Rampa, al igual que hace una década, se convertiría en el cantaor local encargado de medirse a los cantores foráneos contratados para actuar en el prestigioso café durante esos años. Junto a él, actuaron el gran Soldado de Sanlúcar, que no es otro que el cantaor Paco Gallardo que formara parte en ocasiones de la compañía de Guerrita; la estrella local, el cartagenero Juan Baños “Fanegas”; Verdulerito de Málaga; El Niño de Quesada; Niño de Coín; el Posadero; Vallejo Chico; el Canario de Madrid (Canario Chico); Manuel Celestino Cobos “Cobitos”; José Rebollo; La Piquito de Oro; María la Granaina; La Niña de Chiclana; el Cano anunciado como el Rey de las Cartageneras; La Niña de Linares o el Niño de las Moras. También, las guitarras, entre otros, de Blasillo Hernández “Montoya II”; José Mateo “El Zocato”; el Malagueñito. 
 
Además, continúa actuando en espectáculos junto a Rebollo, Cobitos, La Lavandera, La Ciega de Jerez, con los que marcha en una breve gira por algunas ciudades españolas.
 
Las críticas se suceden en la prensa de la época. En el Café del Tranvía, El Rampa es cada vez más aplaudido en sus tarantas y fandangos, que interpreta con un gusto grande y singular.
 
En esos años ya había contraído matrimonio con Dolores Oballa. Fruto de esa unión nacerían Antonia, Manuel (padre de Antonio Ayala “El Rampa” nieto), Juan (apodado “el Sandi”) y María Dolores. Sus hijos varones desarrollaron una gran afición por el cante. “El Sandi” fue un destacado cantaor aficionado y, aunque nunca llegó a desarrollar su arte en un escenario, conocía a la perfección una extensa variedad de cantes antiguos aprendidos de su padre; cantes del Garrido de Jerez, del Cojo de Málaga y un gran repertorio de cantes de la zona.
 
Pero si hay un fiel continuador del arte flamenco en su familia es, sin duda, su nieto Antonio Ayala Paredes, el Rampa, quien heredó su arte y nombre artístico. Cantaor con un extensísimo repertorio y unos conocimientos “jondos” fuera de lo común, cuenta en su haber con algunos de los más importantes premios en el panorama nacional, destacando la Lámpara Minera en el Festival de La Unión y el Abanico Flamenco de Barcelona.
 
Si su abuelo formó parte junto al Guerrita y Fanegas de ese trío mágico que lideraba una generación, su nieto pertenece a otra de cantaores nacidos entre los 50 y 60, siendo referente obligado junto a Encarnación Fernández y el tristemente desaparecido Manolo Romero como poseedores de una frescura y jondura renovadas en la interpretación de los cantes de nuestra tierra. Con estos dos últimos, se abriría especialmente un proceso generacional en el que los cantes de La Unión, siguiendo las líneas que habían interpuesto sus antecesores, rompen ese hermetismo interpretativo que impedía a los artistas enriquecer el cante con sus aportaciones. 
 
Volviendo a la figura cantaora de su abuelo, me gustaría reivindicar que al Rampa Viejo, hoy se le reconoce casi de pasada, como si fuese un mero aficionado, pero sería cuestión obligada justificar su figura como uno de los artistas más destacados de la provincia a partir de los años 20, con mayor intensidad en las décadas de los 30 y 40 porque con el asentamiento en Barcelona y triunfo por toda España de Guerrita y, en menor medida, Fanegas, él lideró a los artistas de esa misma generación que optaron por seguir en la tierra. Pertenecen a ese grupo de artistas, el Mendo; Patricio Alarcón; La Levantina; Manolo Peralta o el Cano. Más adelante, cabe citar, en Cartagena, a Antonio Piñana; en La Unión, a Juan Alcaraz “Niño de La Unión”, quien participó en varios elencos de Ópera Flamenca; El Genaro; Simón Zaplana; Pedro el Igualero, así como un joven Eleuterio Andreu.
 
En sus últimos años formó parte del jurado del Festival del Cante de las Minas de La Unión en sus primeras ediciones y asesoró a la organización del concurso durante algunos años, siendo imagen viva de magisterio y vivencias flamencas. El Rampa volvería a reencontrarse con Don Antonio Grau, el hijo del mítico Rojo el Alpargatero, y de nuevo florecerían los recuerdos de esos años de juventud, reivindicando esa escuela de cante antiguo de la que él se nutriría mamando de sus esencias en su juventud.

De esos años, hace unas declaraciones al desaparecido Asensio Sáez, Hijo Predilecto y Cronista Oficial de La Unión, recordando y reivindicando que conoció y alternó con Don Antonio Chacón de quien decía le había escuchado cantar minero, en alusión a los cantes de la tierra. Además, aportó unas apreciaciones muy personales de todo lo que le escuchó cantar:

 
Oír a Chacón era mismamente abrirse la gloria delante de usted, pero en “minero”, lo que se dice “minero”, Chacón no cantó nunca, no señor. Eso sí, el cante de las minas, el verdadero, lo enloquecía. ¡La de veces que en el café del comercio se rodeaba de “cantaores” mineros! Contar y no acabar. Los mineros, hala, venga a cantarle una copla tras otra hasta quedarse roncos.
(Sáez Asensio: LA COPLA ENTERRADA- Teoría apasionada del Cante de las Minas- Ayuntamiento de La Unión. Concejalía de Cultura-MU-1307/1998).
 
Del cante del Rampa puedo asegurar que, según los testimonios de excepción de mi padre, el cantaor unionense Alfonso Paredes “Niño Alfonso”, y del desaparecido cantaor cartagenero Antonio Rodríguez, “Morenito de Levante” -que compartieron con él alguna que otra “juerga” en los años 50 y 60-, su repertorio era extensísimo, destacando en granaínas, cartageneras, fandangos, verdiales, saetas, malagueñas en las que abarcaba una infinidad de estilos primitivos, cantes de ida y vuelta, etc. Además, aunque no era su fuerte, conocía una extensa gama de cantes por seguiriyas y soleares.
 
Su especialidad eran los cantes mineros primitivos, es decir, el cante por tarantas, del que conocía una gran variedad. Su voz, casi apagada ya en ese tiempo, recogía los registros sonoros del cante de la tierra; la interpretación de la Taranta en la voz del Rampa tomaba rango de cante grande, desarrollando una gran variedad de estilos diferentes. Y es que, con él, se cerraba un legado de cante de la tierra, sin adulterar por las modas cantaoras del momento. Su cante, impregnado con el misterio de lo antiguo, era fiel reflejo del llanto de un tiempo al que perteneció.
 
El momento álgido de su carrera se desarrolló en un tiempo en el que el cante minero en la comarca, aunque no olvidado, sí pasó a formar parte de un segundo plano. Al igual que en todas las zonas cantaoras, la ortodoxia se vería perjudicada por las nuevas forma interpretativas que imperaban en ese tiempo, a las que, al parecer, no quiso ajustarse, siendo un cantaor que expresaba su cante libre, con las solas ataduras de lo que su corazón y conciencia le dictaban. Por desgracia, no dejó nada registrado, su legado hubiese sido una fuente fidedigna de pureza del cante minero, muy a tener en cuenta por los estudiosos del tema.
 
Así pues, en los cantes antiguos, el Rampa era un filón.
 
Si el cante de sus compañeros de generación, Fanegas y Guerrita, respondía a las exigencias estilísticas de la ópera flamenca, con el Rampa el cante minero permaneció inmune, ajeno a influencias estilísticas.
 
Aunque no me han podido precisar si llegó a crear algún estilo de cante de la tierra, si nos recuerdan que solía cantar como uno de sus cantes predilectos una famosa taranta con la misma letra y musicalidad de las que se recogen en la actualidad como una de las mineras transmitidas por Antonio Grau al maestro Antonio Piñana, aprendida directamente de otro cantaor anterior a él, con el que compartió escenarios, amistad y una recíproca admiración: Patricio Alarcón. 
 
Esto demuestra que no todo el cante de la zona quedó sepultado en el olvido, como mantenía la tradición. Algunas de estas tarantas, murcianas, cartageneras e incluso mineras, siempre estuvieron presentes en el repertorio de algunos de los artistas de la época. Me inclino más a creer que no era el cante el que estuvo relegado al olvido, sino que parte de los que representaban la divulgación flamenca en ese tiempo no gozaron de la debida atención y reconocimiento. Y es que, entre los artistas que permanecieron en la Región, el Rampa ejerció de maestro y máximo exponente.
 
Ese cante es transmitido en la actualidad por el cantaor Curro Piñana que hace de él una versión magistral, mostrando cómo pueden evolucionar estos cantes siguiendo el estilismo de unos patrones establecidos por el legado Grau- Piñana. Es el divulgado con la siguiente letra:
 
Que siempre te encuentro llorando
Que te ocurre vida mía
Las horitas del reloj
Me las paso suspirando
Suspirando por tu amor.

Se consideró admirador de Don Antonio Chacón; La Niña de Los Peines; Manuel Vallejo; El Cojo de Málaga; Angelillo; Juan Varea; Jacinto Almadén; Guerrita y, sobre todos ellos, del Niño de Marchena y Juan Valderrama. De los cantaores posteriores a él, disfrutó con el cante de Fosforito que se convertiría en su cantaor favorito de los que cantaban en su vejez.
 

Trabajó sus últimos años antes de la jubilación en la empresa naviera Bazán. Por ese tiempo, solía acudir con frecuencia a un quiosco-bar de madera situado en la carretera de la Algameca, cerca de su lugar de trabajo, y a los bares del Pinacho y los Techos Bajos de Santa Lucía, donde se formaban las tertulias de cante y ejercía de ilustre docente del cante minero.
 
Visitaba a diario el legendario bar Sol en cuyo reservado siempre le esperaba la agradable partida que tantos beneficios económicos le reportaba y donde compartía pasiones entre tarantas y fandangos con quienes le acompañaban. El Rampa era visitado a diario por los jóvenes cantaores y aficionados que gustaban de pasar un rato agradable con el maestro. Su voz, frágil y deteriorada, dejaba entrever los duendes que de ella un día emanaron para orgullo y engrandecimiento de los cantes de La Unión y Cartagena.
 
Encontraría la muerte a los 72 años, alejándose con él su recuerdo, para algunos que más daba que con él, el cante minero quedara huérfano de pureza. ¡Eso que importaba! La historia no lo echaría de menos… ¡Que frágil es la memoria!
 
Mientras la historia sacrificaría a toda esa generación que desde hace años y, fiel a la promesa que un día hice a mi padre y a Manuela, hija de Guerrita, intento reivindicar como una de las mejores época en la historia de nuestros cantes. Y es que, como diría años más tarde el genial José María Sanz”Loquillo”, los tiempos están cambiando, sin remisión.
ACCESO A LA 1ª PARTE

©Paco Paredes
La Unión Minera y Cantaora

martes, 30 de agosto de 2011

ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN DEL FLAMENCÓLOGO PACO PAREDES: ANTONIO AYALA MATEO "EL RAMPA" 1ª PARTE

ANTONIO AYALA MATEO "EL RAMPA" 1ª PARTE

ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN: Por PACO PAREDES:

El 14 de Agosto de 1968, cuando desde la desaparecida Terraza del Mery se ultimaban los preparativos de la octava edición del Festival del Cante de las Minas que comenzaría un día más tarde, nos dejaba uno de los máximos exponentes de la copla minera: Antonio Ayala Mateo “El Rampa”.
 
Desde el Festival se proyectaban emotivos actos de homenaje perpetuando el recuerdo a otros dos grandes ausentes que recientemente nos habían abandonado: Antonio Grau Dauset, (hijo del mítico Rojo el Alpargatero), que sería el eslabón necesario para recuperar una escuela que lamentablemente había sido arrojada a la más insospechada profundidad de nuestro recuerdos; y a Jacinto Almadén, que de no haber encontrado inesperadamente la muerte en un trágico accidente de circulación habría impulsado una escuela de cante desde La Unión, según había manifestado él mismo en reiteradas ocasiones. Y es que esta ciudad le cautivaría por su jondura y flamenquería desde que la visitara por primera vez de la mano del genial Guerrita allá por los años 30.
 
Pero, ¿qué pasaba con el Rampa? Se iba prácticamente sin hacer ruido, pasando casi desapercibido y, tal vez, muy pocos reflexionaron que con él desaparecía para siempre uno de los grandes filones del cante primitivo de nuestra tierra.
 
El Rampa nunca llegó a ser profesional, tal vez, porque no se lo propuso o quizás porque no sintió la llamada de la emigración para buscar el triunfo como otros compañeros de su tiempo, en esas macro compañías operísticas que giraban por España a partir de mediados los años 20.
 
Cartagenero de nacimiento, amor y convicción, encontraba en su tierra todo cuanto le hacía falta para ser feliz. Sus calles, plazas y bares formaron ese marco escénico que inspiraba su cante, con los matices de la tierra. Tal vez ese sería el motivo por el que no se lanzaría a la aventura y siempre, salvo raras ocasiones, eludiría la llamada del profesionalismo.
 
Vería la luz en 1896 en el callejón de Cantarería del barrio cartagenero de La Morería, siendo el segundo de siete hermanos de una familia de clase obrera que, hasta ese momento, no presentaba ningún antecedente de tradición flamenca. Sería bautizado a los pocos días de nacer en la Iglesia del Carmen de la ciudad portuaria.
 
El joven Antonio pronto sería conocido con el sobrenombre del “Pijete”, apodo heredado de su padre José Ayala Andreo, y algunos años más tarde como “El Rampa”. Con ese apodo, se convertiría en un cantaor que durante medio siglo defendió como pocos nuestros cantes mineros. 
 
La delicada situación económica familiar le empujaría muy pronto a dejar los estudios básicos, por lo que apenas pudo ir a la escuela, motivó que empezara a trabajar muy joven. Aunque en su familia la mayor parte de los hermanos se dedicarían a la venta del pescado, el Rampa comenzaría a trabajar como camarero cuando apenas llegaba a la barra.
 
Su inteligencia y destreza para los juegos de manos le harían alternar este oficio con el de encargado de juego en el Casino de Cartagena, experiencia que le valdría en el futuro para sacarse un dinero extra en el reservado del bar Sol, donde su habilidad para los juegos de cartas y del Chamelo le reportaban un desahogo económico importante. 
La afición al cante le venía desde la niñez, cuando en la Cartagena de su tiempo escuchaba cantar “al Porcelana, “el Tirito”, “el Alcayata”, “el Bosca”, “el cantares”, “La Fea”, “Los Nolascos” o “El Peluca”… 
 
La Unión y la Cartagena de su tiempo eran un hervidero de buen cante minero. Allí quedaría prendado de esa forma especial de interpretar el cante por tarantas. Cantaores como Antonio Grau, Emilia Benito, El Fanegas y, sobre todos ellos, Patricio Alarcón, hicieron que se impregnara de las esencias cantaoras de la tierra y que en él habitaran las formas más primitivas de nuestro cante de las minas. 
 
Si con Guerrita y Fanegas el cante minero se adaptó a las exigencias de un público mayoritario que buscaba un cante largo, cargado de barroquismo y modernidad, con el Rampa al igual que el Mendo, el Cano y La Levantina que, mayoritariamente desarrollaron su cante dentro del contexto que comprendía los límites territoriales de nuestra región, el cante, salvo leves influencias del marchenismo que imperó estructuralmente influenciando a los cantaores de la tierra, permanecía casi inalterable reivindicando con él esos sonidos oscuros que nacerían como desgarrador grito de dolor de la más humilde clase obrera de La Unión “Los Mineros”. 
 
El Rampa cantaría prácticamente desde la niñez, aunque su primera actuación de importancia tendría lugar, según sus propias declaraciones, en 1913. Desde ese momento se convertiría en un puntal importante del cante de la comarca.
Más tarde comenzaría a trabajar como camarero en el emblemático y desaparecido bar Málaga en la calle Mayor, alternando su oficio con su verdadera pasión: “EL CANTE”. El bar Málaga se convertiría en lugar de peregrinaje de todos los aficionados al flamenco de la zona al cual llegaban para poder deleitarse con el cante del joven Antonio “El Pijete”. 
 
La juerga continuaría en el desaparecido barrio del Molinete… El Rampa compartiría cante y afición con el gran Cepero bajo el techo del Café Neutral. Allí alternaría con la mayoría de cantaores que, durante temporadas, se establecían para trabajar en los cafés del barrio. Eran noches de cante y juerga con Angelillo, Pena hijo, Manuel Pavón, María “La Gazpacha”, Antonio Rengel, José Rebollo, el Niño de Tetuán y, por supuesto, Guerrita, que vería la luz en la desaparecida calle de La Aurora y el Gran Fanegas. 
 
Algo estaba cambiando en nuestros cantes… Nuestra tierra experimentaba un nuevo proceso evolutivo de su primitiva copla y el cante florecía en cualquier rincón de la comarca.
 
El Rampa, aunque de carácter atrevido y bravucón, lo que le haría verse envuelto en infinidad de peleas a lo largo de su juventud (hechos documentados y constados en los archivos regionales y locales de la época, así como en los partes de accidente del hospital de Caridad), se convertiría en fiel guardador de su legado artístico, no teniendo inconveniente en llegar a las manos con quien le discutiera. Algunas de esas peleas serían con compañeros de profesión, como el Gran Fanegas con el que, aunque le unía una profunda amistad, no sería la primera vez que sus formas de entender el cante les llevase a algunos de ellos a la Comisaría y, al otro, en este caso al Rampa, malherido al Hospital para curar sus heridas. 
 
Pero eso sí, bravuconerías aparte, El Rampa destacaría por el respeto a sus amigos de profesión y por su elegancia en el vestir. Gustaba de salir siempre impecable al escenario, algo que aprendería del “Niño de Marchena” que, sin ninguna duda, revolucionó los escenarios desde su presentación en Madrid a principios de los 20. Con él, compartiría escenario en innumerables ocasiones. A ambos les uniría una profunda amistad que perduró a través de los años hasta el final de sus días. 
 
El “Niño de Marchena” quedaría fascinado por la forma en la que, en esta tierra, se interpretaba el cante por tarantas. Muchos serían los estilos que aprendiera en sus largas estancias por aquí. Cantaores como Guerrita, Fanegas, El Rampa, El Mendo, Patricio y un largo etc.… se convertirían en el centro cantaor de la reunión, además del gran “José Tejada”. Y es que, aunque ha pasado casi desapercibida para la tradición flamenca, incluso completamente olvidada en la historia de nuestros cantes, esta generación fue mucho más importante de lo que se ha transmitido hasta ahora.
 
El verdadero revulsivo del Rampa llegaría entre los días 2 y 5 de febrero de 1921 cuando, en el Café del Tranvía situado en el número 3 de Puertas de Murcia, se celebraría un prestigioso concurso de cante jondo, convirtiéndose en uno de los primeros concursos oficiales conocidos hasta la fecha. 
 
Acompañados por la prestigiosa guitarra del profesor D. José Grau Dauset, hijo guitarrista del mítico Rojo el Alpargatero, se mediarían en el escenario del citado café los cantaores Juan Baños “Fanegas”, Antonio Ayala “El Rampa” y el murciano afincado en Cartagena “Patricio Alarcón”. El evento se convertiría en un verdadero éxito y un revulsivo económico de importancia para el dueño del local. Esto impulsaría que Don Antonio Antón Ferrera, propietario del “Tranvía”, se planteara incluir casi a diario los espectáculos flamencos en su establecimiento, lo que venía ofertando desde años atrás, ahora lo haría con una larga continuidad, satisfaciendo las exigencias de un público que abarrotaba el local las noches que ofertaba cante jondo. 
 
El Rampa conseguiría un largo y bien remunerado contrato con varias actuaciones a la semana, prácticamente durante todo el año, y acompañado con la guitarra de Paco Molina, rivaliza con importantes cantaores foráneos contratados para actuar en el café. La Niña Rafaela “La Guerrita de Málaga”, “La Niña de Medina”, mujer de armas tomar con algún que otro escándalo provocado durante su estancia en la ciudad… y un largo elenco artístico contratado para triunfar en el café. 
 
Hasta la desaparición del Café del Tranvía acaecida en 1934, aunque reconvertido años antes en el Bar Cervantes, el Rampa se convertiría en el cantaor preferido del local. Allí se mediría a las grandes figuras que, durante esos años, se establecían en Cartagena.
 
Café del Tranvía situado en el nº 3 de las Puertas de Murcia. Foto Casau
 
Alterna su contrato en el Tranvía con las actuaciones en el Cine ‘el Recreo’ de Los Dolores, además de los bolos por los pueblos y barrios de la comarca. Las actuaciones del Rampa en La Unión se suceden por esos años acompañando a los grandes cantaores del momento, completando carteles de importancia.
 
En junio de 1924 es proclamado vencedor del concurso de cante jondo celebrado en el Casino de Santa Lucía; el segundo y tercer premio recaen en José Bernal “El Mendo” y en el joven Manuel González “Guerrita” que, poco a poco y pese a su juventud, se estaría fraguando un brillante porvenir que le colocaría entre los artistas más destacados del panorama nacional sólo uno años más tarde. 
 
Ese mismo año, participa en el concurso organizado por la Cofradía California resultando vencedora en el primero de los dos días que se celebra el concurso la granadina María Amaya “La Gazpacha”, que tan sólo dos años antes había obtenido un importante premio en el concurso celebrado en Granada impulsado por algunos de los intelectuales más importantes del momento, el segundo día el vencedor sería el cantaor Sanantonero Juan Baños “Fanegas”. El Rampa, por su parte, se tiene que conformar con sendas accésit de 25 pesetas.
 
Los concursos se suceden… En octubre del 25 figura entre la nómina de cantaores inscritos en los concursos flamencos organizados en el Circo-Teatro de La Unión, en los que ya se va marcando el proceso generacional de los cantaores de la tierra. En esos años, Fanegas y Guerrita están ganando posiciones destacando sobremanera entre los cantaores de su generación. Ellos serían quienes resultaran ganadores de los dos concursos celebrados en una semana.
 
El éxito que está experimentando el cante del Rampa no pasa desapercibido para los organizadores de los grandes espectáculos en los teatros de la Región. Ése sería el motivo por el que su nombre, junto con el de otros artistas de la tierra, es incluido en actuaciones de importancia. 
 
Así, es contratado, junto a Guerrita, para completar un prestigioso cartel junto al cantaor del momento, El Niño Marchena, en su debut en el Teatro Ortiz de Murcia. Guerrita es un cantaor que gusta sobremanera al público murciano. El maestro marchenero queda fascinado por su cante e incorpora en su repertorio esa forma tan particular de interpretar el cante por tarantas de la tierra. El Rampa también goza del aplauso del respetable y, poco a poco, se va afianzando en los escenarios con los artistas más notables del momento: José Cepero, Manuel Vallejo, La Niña de los Peines…
 
Los concursos benéficos continúan a lo largo de esos años por toda la geografía regional: a favor del refugio de Santa Teresa en el barrio de San Antonio Abad; en la cerca del señor Spottorno a beneficio de los enfermos del barrio de Santa Lucía, obteniendo un tercer premio de 25 ptas. por detrás del Mendo y Fanegas; en los Molinos Marfagones a beneficio de las obras de la Torre del Reloj, en el Salón de Contrataciones de Murcia…
 
Las emisoras de radio emiten en directo desde sus estudios los conciertos de cante jondo de los afamados cantaores locales: Fanegas, Guerrita y el Rampa, quienes, acompañados por la guitarra de José Mateo “el Zocato”, agolpan junto a los transistores a una multitud de oyentes que disfrutan de su repertorio y, sobre todo, de esos fandanguillos de picadillo que tanto ilusionan a los aficionados que reciben los duendes a través de las ondas.
 
Las emisiones se convierten en grandes fiestas en las que, entre tarantas y malagueñas, proliferan los fandanguillos a dos y tres voces emulando lo que después provocaría el delirio de quienes tuvieron la suerte de poder asistir a las representaciones de “La Copla Andaluza” y el “Alma de la Copla”, en la que Guerrita, formando parte de importantes elencos, triunfaría por los mejores escenarios de España y Sudamérica. 
 
La navidad de 1925 se convertiría en crucial para el reconocimiento del Rampa a través de los grandes cantaores del momento. Su cante es apreciado y respetado por algunos de estos cantaores. Durante esos días comparte noches de cante y gloria con algunos de los artistas más relevantes del momento. El día de reyes de 1926 debuta en el Circo Teatro de La Unión acompañando al Cojo de Málaga. Completan el cartel, el Niño Guerra y Patricio Alarcón. Las actuaciones del Rampa en grandes elencos se suceden y se convierte en un reclamo para completar carteles con las más prestigiosas figuras del momento.
En noviembre de 1926 resultaría ganador de la Copa en el concurso celebrado en el Teatro Principal de Cartagena ante un importante elenco de artistas de la tierra, donde el Niño de Marchena actuó como estrella invitada.
 
Las estancias del Niño de Marchena actuando por la Región se extienden en algunos casos durante meses, realizando actuaciones en los más prestigiosos teatros acompañados de bolos por pueblos y barrios de la tierra, cosechando importantes éxitos en todos los escenarios en los que derrama su arte. 
 
En diciembre de 1926 completaría el citado maestro un elenco de lujo en San Antón a beneficio de la Hospitalidad de Santa Teresa. Completarían el cartel, el Pena hijo, el Rampa y las hermanas Díaz, que no eran otras que Isabel Díaz “Levantina” y su hermana Ángeles La Pescadora, y que un año más tarde formarían parte de los artistas que concursaran en las previas del concurso celebrado en el Teatro Pavón de Madrid. El Zocato sería el encargado de musicalizar los duendes jondos con el sonido mágico de su guitarra. El presidente de la Hospitalidad, Sr. Giménez Blechmit, entregó un pergamino de agradecimiento al Niño de Marchena quien, emocionado, daría las gracias, yéndose con la promesa de ofrecer otro recital a beneficio de la hospitalidad el verano siguiente.
 
CONTINUARÁ. 

©Paco Paredes
La LUnión Minera y Cantaora

martes, 23 de agosto de 2011

TU AUSENCIA TAMBIÉN DUELE , MORAO......

Hace ya 10 días que me despertaba con la amarga noticia y aún no me salen las palabras… 

Una pérdida siempre duele, incluso cuando casi te la esperas, pero ésta ha sido un duro mazazo para todos… para el flamenco, para Jerez, para Santiago, para los que tuvimos la suerte de conocerlo… Y es que aún me cuesta creer que la guitarra jerezana más flamenca de nuestros tiempos se haya callado para siempre, que Moraíto Chico nos haya dejado, también para siempre…

Y no lo dudé, este 10 de agosto teñido de luto, decidí recorrer esos más de 1000 kms. para estar ahí, en Jerez, tierra a la que amo, a la que admiro, a la que debo tanto… y con la que, hasta ahora, sólo había compartido momentos de alegría… Esta vez, también tenía que estar ahí… concienciada de que no sería fácil… de que, esta vez, no sería compás ni soniquete, lo que  allí me esperaba, sino lamentos y sollozos. Y así fue. Me he traído miles de imágenes, esta vez, sin tarjetas de memoria ni objetivos de por medio, sino grabadas directamente en el corazón… Dieciocho horas seguidas de lágrimas, abrazos y recuerdos dieron para mucho. La frase que más se repetía era la de “no tenía un no pa nadie, a todo el mundo le daba su sitio..”. 

Y qué verdad más grande, Morao! Qué nobleza, qué humildad, qué sencillez.. la tuya! Un gran artista con una calidad humana increíble, sí señor!!! Se te va a echar tanto de menos… 

Y fuiste tú, Morao, quien me llevó a exponer a Holanda. También fuiste tú, quien hizo posible que, este año, fuese la fotógrafa oficial de esa Bienal, la de los Países Bajos. Confiaba en poder agradecerte ese gesto, esa confianza en mí y en mi trabajo, entre foie y amontillaos, como otras veces en el Arco de Santiago, pero no me ha dado tiempo!

Ahora lo único que puedo hacer es seguir recordándote, escuchando tu arte y dándole vida a tus imágenes, que eso sí que no nos lo va a arrebatar nadie… Seguirán sonando tus falsetas, igual que seguirá viva esa foto, en el salón de tu Diego, la que a ti tanto te gustaba… Eso haremos, seguir recordándote, intentando sonreírle a la vida, como lo hiciste tú hasta el último momento. 

Que “el cante bueno, duele” decías en el documental de nuestra amiga Ernestina, que así se titula… Tu ausencia sí que duele, Morao! Nunca te olvidaremos!!!.

Ana Palma.

Foto: Ana Palma.